(…) al soñarse así como donante, liberador, redentor, el hombre desea todavía la sumisión de la mujer; porque para despertar a la Bella Durmiente del Bosque es preciso que duerma; hacen falta ogros y dragones para que haya princesas cautivas. Sin embargo, cuanto mayor es el gusto del hombre por las empresas difíciles, con mayor placer concederá la independencia a la mujer. Vencer es todavía más fascinante que liberar o dar. El ideal del hombre medio occidental es una mujer que sufra libremente su dominación, que no acepte sus ideas sin discusión, pero que ceda ante sus razones, que le resista con inteligencia para terminar dejándose convencer. Cuanto más se exalta su orgullo, más le agrada que la aventura sea peligrosa: resulta más hermoso domeñar a Pentesilea que desposarse con una Cenicienta consentidora. “El guerrero ama el peligro y el juego –dice Nietzsche-,y por eso ama a la mujer, que es el juego más peligroso.” El hombre que ama el peligro y el juego ve sin desagrado que la mujer se torne amazona, si mantiene la esperanza de reducirla: lo que su corazón exige es que esa lucha siga siendo para él un juego, mientras que la mujer empeña en ella su destino; ésa es la verdadera victoria del hombre, libertador y conquistador: que la mujer lo reconozca libremente como su destino.
Desde el momento en que a la mujer se la considera una persona, no se la puede conquistar sin su consentimiento; hay que ganarla.
El Segundo Sexo (III)
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