El Segundo Sexo (V)

febrero 7, 2011

“Una dama en la sociedad y una puta en la cama.”

Hay una doble exigencia del hombre que destina a la mujer a la duplicidad: quiere que la mujer sea suya y que permanezca extraña; la sueña sirvienta y hechicera a la vez. Pero públicamente sólo asume el primero de estos deseos; el otro es una reivindicación hipócrita que disimula en lo más recóndito de su corazón y su carne; ella se opone a la moral y a la sociedad; es mala como lo Otro, como la Naturaleza rebelde, como la “mala mujer”.

 


El Segundo Sexo (IV)

febrero 5, 2011

Un poco del matrimonio y la infidelidad:

(…) reducida a la condición de sirviente, ya no es esa presa indomada en la cual se encarnaban todos los tesoros de la Naturaleza. Desde el nacimiento del amor cortesano, ya es un lugar común lo que el matrimonio mata el amor. Demasiado despreciada o demasiado respetada, demasiado cotidiana, la esposa ya no es un objeto erótico. Los tiros del matrimonio están primitivamente destinados a defender al hombre contra la mujer; ésta se convierte en su propiedad; pero todo lo que poseemos nos posee a su vez; también el matrimonio es para el hombre una servidumbre; entonces es cuando cae en la trampa tendida por la Naturaleza: por haber deseado una joven lozana, el varón debe alimentar durante toda su vida una gorda matrona, a una vieja reseca; la delicada joya destinada a embellecer su existencia se convierte en un fardo odioso.

(…) El adulterio no puede desaparecer sino con el matrimonio mismo. Porque el fin del matrimonio consiste, en cierto modo, en inmunizar al hombre contra la mujer: pero las demás mujeres conservan a sus ojos su vertiginoso atractivo, y hacia ellas se volverá. Las mujeres se hacen cómplices. Porque se rebelan contra un orden que pretende privarlas de todas sus armas.

[la mujer] únicamente a través del adulterio y la mentira puede demostrar que no es la cosa de nadie y desmentir las pretensiones del varón. Por eso están tan prontos a despertarse los celos del hombre (…)

 


El Segundo Sexo (III)

febrero 2, 2011

(…) al soñarse así como donante, liberador, redentor, el hombre desea todavía la sumisión de la mujer; porque para despertar a la Bella Durmiente del Bosque es preciso que duerma; hacen falta ogros y dragones para que haya princesas cautivas. Sin embargo, cuanto mayor es el gusto del hombre por las empresas difíciles, con mayor placer concederá la independencia a la mujer. Vencer es todavía más fascinante que liberar o dar. El ideal del hombre medio occidental es una mujer que sufra libremente su dominación, que no acepte sus ideas sin discusión, pero que ceda ante sus razones, que le resista con inteligencia para terminar dejándose convencer. Cuanto más se exalta su orgullo, más le agrada que la aventura sea peligrosa: resulta más hermoso domeñar a Pentesilea que desposarse con una  Cenicienta consentidora. “El guerrero ama el peligro y el juego –dice Nietzsche-,y por eso ama a la mujer, que es el juego más peligroso.” El hombre que ama el peligro y el juego ve sin desagrado que la mujer se torne amazona, si mantiene la esperanza de reducirla: lo que su corazón exige es que esa lucha siga siendo para él un juego, mientras que la mujer empeña en ella su destino; ésa es la verdadera victoria del hombre, libertador y conquistador: que la mujer lo reconozca libremente como su destino.

 

Desde el momento en que a la mujer se la considera una persona, no se la puede conquistar sin su consentimiento; hay que ganarla.

 


El segundo sexo (II)

enero 19, 2011

Varias veces se ha dicho que “desde que la mujer empezó a trabajar, la familia tradicional se desmoronó”, haciendo alusión a la mayor participación femenina en el mercado laboral de estos últimos tiempos. Mentira. La mujer trabajó siempre, a la par del hombre, pero en trabajos peor pagos, no reconocidos o ignorados. La idea de “la mujer ama de casa con tiempo libre de sobra” es una idea burguesa del siglo XVIII que sólo fue posible en las clases de élite de la sociedad. Mientras, en los suburbios, pasaba esto:

“El fabricante M.E. me hizo saber que en sus telares mecánicos solamente empleaba mujeres, y que daba preferencia a las casadas, y, entre éstas, a las que tenían en casa una familia que mantener, porque ponían mucha más atención y mostraban más docilidad que las solteras, ya que tenían que trabajar hasta el agotamiento de sus fuerzas para procurar a los suyos los medios de subsistencia indispensables. Así es –añade Marx- cómo son falsedades las cualidades propias de la mujer en detrimento suyo y cómo todos los elementos morales y delicados de su naturaleza se transforman en medios para esclavizarla y hacerla sufrir.” Resumiendo El Capital y comentando a Bebel, escribe G. Derville: “Animal de lujo o animal de carga, he ahí lo que es casi exclusivamente hoy la mujer. Entretenida por el hombre cuando no trabaja, sigue siéndolo también cuando se mata trabajando.”

La idea de la mujer como la reina de la casa, que se dedica a tomar el té, explotando al marido que trabaja incansablemente es un chiste de mal gusto. O como dijo Balzac, al referirse a las mujeres de las altas esferas socio-económicas de le época: “La mujer casada es una esclava a quien hay que saber sentar en un trono.” ¿Qué tan lejos estamos de esa afirmación, hoy en día?


El segundo sexo (I)

enero 15, 2011

Para todos aquellos que padecen complejo de inferioridad, hay ahí un linimento milagroso: con respecto a las mujeres, nada hay más arrogante, agresivo o desdeñoso que un hombre inquieto por su virilidad.

 


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